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Detalle de Relato

EN EL SILENCIO DE UNA CALLE

Su respiración era rápida aunque entrecortada. Apenas podía escucharse, aunque la calle se había quedado desierta. Alguien corrió unas cortinas, tal vez un rostro que miraba aquellas lejanas nubes de tormenta. La canícula estival se cebaba con aquel tapiz de asfalto, con aquella delgada piel de ciudad que soportaba el cuerpo de María, herida de muerte, atrapada entre los restos de un viejo contenedor. Apenas se adivinaban unos tímidos pitidos que brotaban de aquella garganta herida. El impacto la había desplazado varios metros. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Pensé que nunca volvería a verla abordar a aquellos niños del barrio. “Un poco de coca adulterada recién traída de Colombia y luego me dices…”. La miré por un instante. Se desangraba, como el alma de aquellas madres que limpiaban las lápidas del cementerio. Había sido un accidente. Un fatídico accidente. Yo iba distraído. No la vi cruzar. Iba pensando en aquella madre a quien un día comenzó a destrozar la vida alguien que silabeaba una incomprensible plegaria en la fina piel del asfalto.

 

Juan Antonio Flores Romero

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